CIUDAD Y PROSTITUTAS (Introducción)
No voy a pretender objetivismo alguno con lo siguiente. Diré, sin embargo, que lo postmoderno que pueda parecer el individualismo de mis palabras no tratan de ser mas que la búsqueda del espasmo espontáneo que nos suceden de las cosas.
Cuando leí por primera vez a Charles Bukowski no podía sacar ni a las putas, ni a las calles humedas y nocturnas, ni tampoco el olor a alcohol de mi cabeza. Un choque visual tan impactante aparecia como el stopmotion de un borracho atravesando la vereda contigua a los bares, viendo los faroles iluminando la calle mojada parecida a las del comienzo sur de San Diego; era casi tan claro como estar igual de borracho e igual de putiado
Me gusta Bukowski, no por las putas ni por las ciudades que parecen intensamente descritas, sino por el mismo hecho de que considero que ambas no son su fin, sino que el sudor de un recorrido intenso por la vida de la urbe que nos evidencia en los versos los perfumes baratos y las calles mas bizarras.
La imagen es potente, casi iconográfica de la escenografía citadina citada por Charles, pero no por eso con falta de realismo. La asociación con el Londres de principios de siglo pasado, hacinado y degenerado es casi inmediata, de no ser por el mistisimo que suele aparecer en la poesía. Ese retoricismo tan valioso que permite que la fotografía mental recree toda una riqueza de la vida, la falta de privacidad, las paredes delgadas como tela, el amontonamiento de la gente y las enfermedades no solo corporales compartidas.
Por eso mismo entiendo que Bukowski se moriría de hambre en Providencia. Y lo que es peor, dudo que se fuese a sentir cómodo en algún lugar de la gran avenida del 2007.
Prácticamente Transantiago nos desalcoholizó a los poetas. Ahora ya no se usa el Bukowski Style para recorrer el Urban Santiago






